¿Cómo debe ser un espacio donde vamos a abrir nuestro corazón para sanar y trabajar en nuestra forma de vivir, sentir y querernos? Esa fue la pregunta que dio inicio a este proyecto. Desde el principio tuve claro que el reto no era solo diseñar una sala, sino comprender qué debía sentirse al entrar en ella, durante la conversación con Nancy, la terapeuta, y en el recuerdo que los clientes se llevarían al salir.
El diseño se construyó a partir de líneas curvas y orgánicas, que aportan armonía y sensación de protección. Un arrimadero continuo con acabado semicurvo envuelve la sala, mientras que el mobiliario en roble, las sillas de terciopelo, las alfombras de yute y las cortinas de lino refuerzan la calidez. La vegetación, la iluminación cálida y los detalles dorados completa completan un ambiente íntimo y acogedor. El resultado es una sala envolvente y equilibrada, pensada para transmitir paz y confianza desde el primer momento.