Transformamos este ático en un auténtico refugio de calma. Los propietarios, una familia amante del mar y la naturaleza, buscaban un hogar que transmitiera paz y serenidad en medio del ritmo acelerado de la ciudad.
Respetar la esencia original de la finca fue una prioridad. Restauramos el pavimento de roble en espiga, también la carpintería interior y extendimos las cornisas originales del salón al resto de las estancias para unificar el lenguaje arquitectónico.
Con los nuevos acabados conseguimos que cada estancia respira el mundo marino y la naturaleza, manteniendo un hilo conductor que conecta todo el proyecto.
Mi filosofía es crear hogares que cuenten historias, y este ático en la calle Balmes explica, sin duda, la de la familia que lo habita.